¡Sí...!
¡Un loco! ¡Cómo sobrecogía mi corazón esa palabra hace años!
¡Cómo habría despertado el terror que solía sobrevenirme a veces,
enviando la sangre silbante y hormigueante por mis venas, hasta que
el rocío frío del miedo aparecía en gruesas gotas sobre mi piel y
las rodillas se entrechocaban por el espanto! Y, sin embargo, ahora
me agrada.