La tempestad nos había lanzado muy lejos
de las costas que solíamos recorrer. Durante largas jornadas sombrías
el navío embistió, con el morro por delante, a través de masas de agua
verde coronada de espuma. El cielo negro parecía querer acercarse al
océano por encima de nuestras cabezas, el horizonte vacío estaba cercado
por una marca lívida y vagábamos como sombras por el puente. De cada
verga colgaban fanales y las gotas de lluvia resbalaban perpetuamente a
lo largo de sus vidrios en tal cantidad que la luz era incierta. A popa,
los ojos de buey de la cabina del timonel relucían con un rojo húmedo y
transparente. Las cofas eran semicírculos de oscuridad y, en la negrura
de arriba, emergían las velas lívidas a cada salto del viento. A veces,
cuando se balanceaban las linternas, reflejaban resplandores de cobre
en los charcos formados sobre las lonas enceradas que protegían los
cañones.
