¿Y
por qué, si a fin de cuentas la criatura resultó tan miserable -en
lo que hace al tamaño, entendámonos-, ella profería semejantes
alaridos, arrancándose los pelos a manotazos y abalanzando
ferozmente las nalgas contra el atigrado colchón? Arremetía,
descansaba; abría las piernas y la raya vaginal se le dilataba en
círculo permitiendo ver la afloración de un huevo bastante
puntiagudo, que era la cabeza del chico.
