29 ago. 2014

En memoria de Paulina
Adolfo Bioy Casares



Siempre quise a Paulina. En uno de mis primeros recuerdos, Paulina y yo estamos ocultos en una oscura glorieta de laureles, en un jardín con dos leones de piedra. Paulina me dijo: Me gusta el azul, me gustan las uvas, me gusta el hielo, me gustan las rosas, me gustan los caballos blancos. Yo comprendí que mi felicidad había empezado, porque en esas preferencias podía identificarme con Paulina. Nos parecimos tan milagrosamente que en un libro sobre la final reunión de las almas en el alma del mundo, mi amiga escribió en el margen: Las nuestras ya se reunieron. "Nuestras" en aquel tiempo, significaba la de ella y la mía.
Para explicarme ese parecido argumenté que yo era un apresurado y remoto borrador de Paulina. Recuerdo que anoté en mi cuaderno: Todo poema es un borrador de la Poesía y en cada cosa hay una prefiguración de Dios. Pensé también: En lo que me parezca a Paulina estoy a salvo. Veía (y aún hoy veo) la identificación con Paulina como la mejor posibilidad de mi ser, como el refugio en donde me libraría de mis defectos naturales, de la torpeza, de la negligencia, de la vanidad.

La vida fue una dulce costumbre que nos llevó a esperar, como algo natural y cierto, nuestro futuro matrimonio. Los padres de Paulina, insensibles al prestigio literario prematuramente alcanzado, y perdido, por mí, prometieron dar el consentimiento cuando me doctorara. Muchas veces nosotros imaginábamos un ordenado porvenir, con tiempo suficiente para trabajar, para viajar y para querernos. Lo imaginábamos con tanta vividez que nos persuadíamos de que ya vivíamos juntos.

Hablar de nuestro casamiento no nos inducía a tratarnos como novios. Toda la infancia la pasamos juntos y seguía habiendo entre nosotros una pudorosa amistad de niños. No me atrevía a encarnar el papel de enamorado y a decirle, en tono solemne: Te quiero. Sin embargo, cómo la quería, con qué amor atónito y escrupuloso yo miraba su resplandeciente perfección .

A Paulina le agradaba que yo recibiera amigos. Preparaba todo, atendía a los invitados, y, secretamente, jugaba a ser dueña de casa. Confieso que esas reuniones no me alegraban. La que ofrecimos para que Julio Montero conociera a escritores no fue una excepción.

La víspera, Montero me había visitado por primera vez. Esgrimía, en la ocasión, un copioso manuscrito y el despótico derecho que la obra inédita confiere sobre el tiempo del prójimo. Un rato después de la visita yo había olvidado esa cara hirsuta y casi negra. En lo que se refiere al cuento que me leyó -Montero me había encarecido que le dijera con toda sinceridad si el impacto de su amargura resultaba demasiado fuerte-, acaso fuera notable porque revelaba un vago propósito de imitar a escritores positivamente diversos. La idea central era que si una determinada melodía surge de una relación entre el violín y los movimientos del violinista, de una determinada relación entre movimiento y materia surgía el alma de cada persona. El héroe del cuento fabricaba una máquina para producir almas (una suerte de bastidor, con maderas y piolines). Después el héroe moría. Velaban y enterraban el cadáver; pero él estaba secretamente vivo en el bastidor. Hacia el último párrafo, el bastidor aparecía, junto a un estereoscopio y un trípode con una piedra de galena, en el cuarto donde había muerto una señorita.

Cuando logré apartarlo de los problemas de su argumento, Montero manifestó una extraña ambición por conocer a escritores.

-Vuelva mañana por la tarde -le dije-. Le presentaré a algunos.

Se describió a sí mismo como un salvaje y aceptó la invitación. Quizá movido por el agrado de verlo partir, bajé con él hasta la puerta de calle. Cuando salimos del ascensor, Montero descubrió el jardín que hay en el patio. A veces, en la tenue luz de la tarde, viéndolo a través del portón de vidrio que lo separa del hall, ese diminuto jardín sugiere la misteriosa imagen de un bosque en el fondo de un lago. De noche, proyectores de luz lila y de luz anaranjada lo convierten en un horrible paraíso de caramelo. Montero lo vio de noche.

-Le seré franco-me dijo, resignándose a quitar los ojos del jardín-. De cuanto he visto en la casa esto es lo más interesante.

Al otro día Paulina llegó temprano; a las cinco de la tarde ya tenía todo listo para el recibo. Le mostré una estatuita china, de piedra verde, que yo había comprado esa mañana en un anticuario. Era un caballo salvaje, con las manos en el aire y la crin levantada. El vendedor me aseguró que simbolizaba la pasión.

Paulina puso el caballito en un estante de la biblioteca y exclamó: Es hermoso como la primera pasión de una vida. Cuando le dije que se lo regalaba, impulsivamente me echó los brazos al cuello y me besó.

Tomamos el té en el antecomedor. Le conté que me habían ofrecido una beca para estudiar dos años en Londres. De pronto creímos en un inmediato casamiento, en el viaje, en nuestra vida en Inglaterra (nos parecía tan inmediata como el casamiento). Consideramos pormenores de economía doméstica; las privaciones, casi dulces, a que nos someteríamos; la distribución de horas de estudio, de paseo, de reposo y, tal vez, de trabajo; lo que haría Paulina mientras yo asistiera a los cursos; la ropa y los libros que llevaríamos. Después de un rato de proyectos, admitimos que yo tendría que renunciar a la beca. Faltaba una semana para mis exámenes, pero ya era evidente que los padres de Paulina querían postergar nuestro casamiento.

Empezaron a llegar los invitados. Yo no me sentía feliz. Cuando conversaba con una persona, sólo pensaba en pretextos para dejarla. Proponer un tema que interesara al interlocutor me parecía imposible. Si quería recordar algo, no tenía memoria o la tenía demasiado lejos. Ansioso, fútil, abatido, pasaba de un grupo a otro, deseando que la gente se fuera, que nos quedáramos solos, que llegara el momento, ay, tan breve, de acompañar a Paulina hasta su casa.

Cerca de la ventana, mi novia hablaba con Montero. Cuando la miré, levantó los ojos e inclinó hacia mí su cara perfecta. Sentí que en la ternura de Paulina había un refugio inviolable, en donde estábamos solos. ¡Cómo anhelé decirle que la quería! Tomé la firme resolución de abandonar esa misma noche mi pueril y absurda vergüenza de hablarle de amor. Si ahora pudiera (suspiré) comunicarle mi pensamiento. En su mirada palpitó una generosa, alegre y sorprendida gratitud.

Paulina me preguntó en qué poema un hombre se aleja tanto de una mujer que no la saluda cuando la encuentra en el cielo. Yo sabía que el poema era de Browning y vagamente recordaba los versos. Pasé el resto de la tarde buscándolos en la edición de Oxford. Si no me dejaban con Paulina, buscar algo para ella era preferible a conversar con otras personas, pero estaba singularmente ofuscado y me pregunté si la imposibilidad de encontrar el poema no entrañaba un presagio. Miré hacia la ventana. Luis Alberto Morgan, el pianista, debió de notar mi ansiedad, porque me dijo:

-Paulina está mostrando la casa a Montero.

Me encogí de hombros, oculté apenas el fastidio y simulé interesarme, de nuevo, en el libro de Browning. Oblicuamente vi a Morgan entrando en mi cuarto. Pensé: Va a llamarla. En seguida reapareció con Paulina y con Montero.

Por fin alguien se fue; después, con despreocupación y lentitud partieron otros. Llegó un momento en que sólo quedamos Paulina, yo y Montero. Entonces, como lo temí, exclamó Paulina:

-Es muy tarde. Me voy.

Montero intervino rápidamente:

-Si me permite, la acompañaré hasta su casa.

-Yo también te acompañaré -respondí.

Le hablé a Paulina, pero miré a Montero. Pretendí que los ojos le comunicaran mi desprecio y mi odio.

Al llegar abajo, advertí que Paulina no tenía el caballito chino. Le dije:

-Has olvidado mi regalo.

Subí al departamento y volví con la estatuita . Los encontré apoyados en el portón de vidrio, mirando el jardín. Tomé del brazo a Paulina y no permití que Montero se le acercara por el otro lado. En la conversación prescindí ostensiblemente de Montero.

No se ofendió. Cuando nos despedimos de Paulina, insistió en acompañarme hasta casa. En el trayecto habló de literatura, probablemente con sinceridad y con fervor. Me dije: Él es el literato; yo soy un hombre cansado, frívolamente preocupado con una mujer. Consideré la incongruencia que había entre su vigor físico y su debilidad literaria. Pensé: una caparazón lo protege; no le llega lo que siente el interlocutor. Miré con odio sus ojos despiertos, su bigote hirsuto, su pescuezo fornido.

Aquella semana casi no vi a Paulina. Estudié mucho. Después del último examen, la llamé por teléfono. Me felicitó con una insistencia que no parecía natural y dijo que al fin de la tarde iría a casa.

Dormí la siesta, me bañé lentamente y esperé a Paulina hojeando un libro sobre los Faustos de Müller y de Lessing.

Al verla, exclamé:

-Estás cambiada.

-Si -respondió-. ¡Cómo nos conocemos! No necesito hablar para que sepas lo que siento.

Nos miramos en los ojos, en un éxtasis de beatitud.

-Gracias -contesté.

Nada me conmovía tanto como la admisión, por parte de Paulina, de la entrañable conformidad de nuestras almas. Confiadamente me abandoné a ese halago. No sé cuándo me pregunté (incrédulamente) si las palabras de Paulina ocultarían otro sentido. Antes de que yo considerara esta posibilidad, Paulina emprendió una confusa explicación. Oí de pronto:

-Esa primera tarde ya estábamos perdidamente enamorados

Me pregunté quiénes estaban enamorados. Paulina continuó.

-Es muy celoso. No se opone a nuestra amistad, pero le juré que, por un tiempo, no te vería.

Yo esperaba, aún, la imposible aclaración que me tranquilizara. No sabía si Paulina hablaba en broma o en serio. No sabía qué expresión había en mi rostro. No sabía lo desgarradora que era mi congoja. Paulina agregó:

-Me voy. Julio está esperándome. No subió para no molestarnos.

-¿Quién? -pregunté.

En seguida temí -como si nada hubiera ocurrido- que Paulina descubriera que yo era un impostor y que nuestras almas no estaban tan juntas.

Paulina contestó con naturalidad:

-Julio Montero.

La respuesta no podía sorprenderme; sin embargo, en aquella tarde horrible, nada me conmovió tanto como esas dos palabras. Por primera vez me sentí lejos de Paulina. Casi con desprecio le pregunté:

-¿Van a casarse?

No recuerdo qué me contestó. Creo que me invitó a su casamiento.

Después me encontré solo. Todo era absurdo. No había una persona más incompatible con Paulina (y conmigo) que Montero. ¿O me equivocaba? Si Paulina quería a ese hombre, tal vez nunca se había parecido a mí. Una abjuración no me bastó; descubrí que muchas veces yo había entrevisto la espantosa verdad.

Estaba muy triste, pero no creo que sintiera celos. Me acosté en la cama, boca abajo. Al estirar una mano, encontré el libro que había leído un rato antes. Lo arrojé lejos de mí, con asco .

Salí a caminar. En una esquina miré una calesita. Me parecía imposible seguir viviendo esa tarde.

Durante años la recordé y como prefería los dolorosos momentos de la ruptura (porque los había pasado con Paulina) a la ulterior soledad, los recorría y los examinaba minuciosamente y volvía a vivirlos. En esta angustiada cavilación creía descubrir nuevas interpretaciones para los hechos. Así, por ejemplo, en la voz de Paulina declarándome el nombre de su amado, sorprendí una ternura que, al principio, me emocionó. Pensé que la muchacha me tenía lástima y me conmovió su bondad como antes me conmovía su amor. Luego, recapacitando, deduje que esa ternura no era para mí sino para el nombre pronunciado.

Acepté la beca, y, silenciosamente, me ocupé en los preparativos del viaje. Sin embargo, la noticia trascendió. En la última tarde me visitó Paulina.

Me sentía alejado de ella, pero cuando la vi me enamoré de nuevo. Sin que Paulina lo dijera, comprendí que su aparición era furtiva. La tomé de las manos, trémulo de agradecimiento. Paulina exclamó:

-Siempre te querré. De algún modo, siempre te querré más que a nadie.

Tal vez creyó que había cometido una traición. Sabía que yo no dudaba de su lealtad hacia Montero, pero como disgustada por haber pronunciado palabras que entrañaran -si no para mí, para un testigo imaginario- una intención desleal, agregó rápidamente:

-Es claro, lo que siento por ti no cuenta. Estoy enamorada de Julio.

Todo lo demás, dijo, no tenía importancia. El pasado era una región desierta en que ella había esperado a Montero. De nuestro amor, o amistad, no se acordó.

Después hablamos poco. Yo estaba muy resentido y fingí tener prisa. La acompañé en el ascensor. Al abrir la puerta retumbó, inmediata, la lluvia.

-Buscaré un taxímetro -dije.

Con una súbita emoción en la voz, Paulina me gritó:

-Adiós, querido.

Cruzó, corriendo, la calle y desapareció a lo lejos. Me volví, tristemente. Al levantar los ojos vi a un hombre agazapado en el jardín. El hombre se incorporó y apoyó las manos y la cara contra el portón de vidrio. Era Montero.

Rayos de luz lila y de luz anaranjada se cruzaban sobre un fondo verde, con boscajes oscuros. La cara de Montero, apretada contra el vidrio mojado, parecía blanquecina y deforme.

Pensé en acuarios, en peces en acuarios. Luego, con frívola amargura, me dije que la cara de Montero sugería otros monstruos: los peces deformados por la presión del agua, que habitan el fondo del mar.

Al otro día, a la mañana, me embarqué. Durante el viaje, casi no salí del camarote. Escribí y estudié mucho.

Quería olvidar a Paulina. En mis dos años de Inglaterra evité cuanto pudiera recordármela: desde los encuentros con argentinos hasta los pocos telegramas de Buenos Aires que publicaban los diarios. Es verdad que se me aparecía en el sueño, con una vividez tan persuasiva y tan real, que me pregunté si mi alma no contrarrestaba de noche las privaciones que yo le imponía en la vigilia. Eludí obstinadamente su recuerdo. Hacia el fin del primer año, logré excluirla de mis noches, y, casi, olvidarla.

La tarde que llegué de Europa volví a pensar en Paulina. Con aprehensión me dije que tal vez en casa los recuerdos fueran demasiado vivos. Cuando entré en mi cuarto sentí alguna emoción y me detuve respetuosamente, conmemorando el pasado y los extremos de alegría y de congoja que yo había conocido. Entonces tuve una revelación vergonzosa. No me conmovían secretos monumentos de nuestro amor, repentinamente manifestados en lo más íntimo de la memoria; me conmovía la enfática luz que entraba por la ventana, la luz de Buenos Aires.

A eso de las cuatro fui hasta la esquina y compré un kilo de café. En la panadería, el patrón me reconoció, me saludó con estruendosa cordialidad y me informó que desde hacia mucho tiempo -seis meses por lo menos- yo no lo honraba con mis compras. Después de estas amabilidades le pedí, tímido y resignado, medio kilo de pan. Me preguntó, como siempre:

-¿Tostado o blanco?

Le contesté, como siempre:

-Blanco.

Volví a casa. Era un día claro como un cristal y muy frío.

Mientras preparaba el café pensé en Paulina. Hacia el fin de la tarde solíamos tomar una taza de café negro.

Como en un sueño pasé de una afable y ecuánime indiferencia a la emoción, a la locura, que me produjo la aparición de Paulina. Al verla caí de rodillas, hundí la cara entre sus manos y lloré por primera vez todo el dolor de haberla perdido.

Su llegada ocurrió así: tres golpes resonaron en la puerta; me pregunté quién sería el intruso; pensé que por su culpa se enfriaría el café; abrí, distraídamente.

Luego -ignoro si el tiempo transcurrido fue muy largo o muy breve- Paulina me ordenó que la siguiera. Comprendí que ella estaba corrigiendo, con la persuasión de los hechos, los antiguos errores de nuestra conducta. Me parece (pero además de recaer en los mismos errores, soy infiel a esa tarde) que los corrigió con excesiva determinación . Cuando me pidió que la tomara de la mano ("¡La mano!", me dijo. "¡Ahora!") me abandoné a la dicha. Nos miramos en los ojos y, como dos ríos confluentes, nuestras almas también se unieron. Afuera, sobre el techo, contra las paredes, llovía. Interpreté esa lluvia -que era el mundo entero surgiendo, nuevamente- como una pánica expansión de nuestro amor.

La emoción no me impidió, sin embargo, descubrir que Montero había contaminado la conversación de Paulina. Por momentos, cuando ella hablaba, yo tenía la ingrata impresión de oír a mi rival. Reconocí la característica pesadez de las frases; reconocí las ingenuas y trabajosas tentativas de encontrar el término exacto; reconocí, todavía apuntando vergonzosamente, la inconfundible vulgaridad.

Con un esfuerzo pude sobreponerme. Miré el rostro, la sonrisa, los ojos. Ahí estaba Paulina, intrínseca y perfecta. Ahí no me la habían cambiado.

Entonces, mientras la contemplaba en la mercurial penumbra del espejo, rodeada por el marco de guirnaldas, de coronas y de ángeles negros, me pareció distinta. Fue como si descubriera otra versión de Paulina; como si la viera de un modo nuevo. Di gracias por la separación, que me había interrumpido el hábito de verla, pero que me la devolvía más hermosa.

Paulina dijo:

-Me voy. Julio me espera.

Advertí en su voz una extraña mezcla de menosprecio y de angustia, que me desconcertó. Pensé melancólicamente: Paulina, en otros tiempos, no hubiera traicionado a nadie. Cuando levanté la mirada, se había ido.

Tras un momento de vacilación la llamé. Volví a llamarla, bajé a la entrada, corrí por la calle. No la encontré. De vuelta, sentí frío. Me dije: "Ha refrescado. Fue un simple chaparrón". La calle estaba seca.

Cuando llegué a casa vi que eran las nueve. No tenía ganas de salir a comer; la posibilidad de encontrarme con algún conocido, me acobardaba. Preparé un poco de café. Tomé dos o tres tazas y mordí la punta de un pan.

No sabía siquiera cuándo volveríamos a vernos. Quería hablar con Paulina. Quería pedirle que me aclarara unas dudas (unas dudas que me atormentaban y que ella aclararía sin dificultad). De pronto, mi ingratitud me asustó. El destino me deparaba toda la dicha y yo no estaba contento. Esa tarde era la culminación de nuestras vidas. Paulina lo había comprendido así. Yo mismo lo había comprendido. Por eso casi no hablamos. (Hablar, hacer preguntas hubiera sido, en cierto modo, diferenciarnos.)

Me parecía imposible tener que esperar hasta el día siguiente para ver a Paulina. Con premioso alivio determiné que iría esa misma noche a casa de Montero. Desistí muy pronto; sin hablar antes con Paulina, no podía visitarlos. Resolví buscar a un amigo -Luis Alberto Morgan me pareció el más indicado- y pedirle que me contara cuanto supiera de la vida de Paulina durante mi ausencia.

Luego pensé que lo mejor era acostarme y dormir. Descansado, vería todo con más comprensión. Por otra parte, no estaba dispuesto a que me hablaran frívolamente de Paulina. Al entrar en la cama tuve la impresión de entrar en un cepo (recordé, tal vez, noches de insomnio, en que uno se queda en la cama para no reconocer que está desvelado). Apagué la luz.

No cavilaría más sobre la conducta de Paulina. Sabía demasiado poco para comprender la situación. Ya que no podía hacer un vacío en la mente y dejar de pensar, me refugiaría en el recuerdo de esa tarde.

Seguiría queriendo el rostro de Paulina aun si encontraba en sus actos algo extraño y hostil que me alejaba de ella. El rostro era el de siempre, el puro y maravilloso que me había querido antes de la abominable aparición de Montero. Me dije: Hay una fidelidad en las caras, que las almas quizá no comparten.

¿O todo era un engaño? ¿Yo estaba enamorado de una ciega proyección de mis preferencias y repulsiones? ¿Nunca había conocido a Paulina?

Elegí una imagen de esa tarde -Paulina ante la oscura y tersa profundidad del espejo- y procuré evocarla. Cuando la entreví, tuve una revelación instantánea: dudaba porque me olvidaba de Paulina. Quise consagrarme a la contemplación de su imagen. La fantasía y la memoria son facultades caprichosas: evocaba el pelo despeinado, un pliegue del vestido, la vaga penumbra circundante, pero mi amada se desvanecía.

Muchas imágenes, animadas de inevitable energía, pasaban ante mis ojos cerrados. De pronto hice un descubrimiento. Como en el borde oscuro de un abismo, en un ángulo del espejo, a la derecha de Paulina, apareció el caballito de piedra verde.

La visión, cuando se produjo, no me extrañó; sólo después de unos minutos recordé que la estatuita no estaba en casa. Yo se la había regalado a Paulina hacía dos años.

Me dije que se trataba de una superposición de recuerdos anacrónicos (el más antiguo, del caballito; el más reciente, de Paulina). La cuestión quedaba dilucidada, yo estaba tranquilo y debía dormirme. Formulé entonces una reflexión vergonzosa y, a la luz de lo que averiguaría después, patética. "Si no me duermo pronto", pensé, "mañana estaré demacrado y no le gustaré a Paulina".

Al rato advertí que mi recuerdo de la estatuita en el espejo del dormitorio no era justificable. Nunca la puse en el dormitorio. En casa, la vi únicamente en el otro cuarto (en el estante o en manos de Paulina o en las mías).

Aterrado, quise mirar de nuevo esos recuerdos. El espejo reapareció, rodeado de ángeles y de guirnaldas de madera, con Paulina en el centro y el caballito a la derecha. Yo no estaba seguro de que reflejara la habitación. Tal vez la reflejaba, pero de un modo vago y sumario. En cambio el caballito se encabritaba nítidamente en el estante de la biblioteca. La biblioteca abarcaba todo el fondo y en la oscuridad lateral rondaba un nuevo personaje, que no reconocí en el primer momento. Luego, con escaso interés, noté que ese personaje era yo.

Vi el rostro de Paulina, lo vi entero (no por partes), como proyectado hasta mí por la extrema intensidad de su hermosura y de su tristeza. Desperté llorando.

No sé desde cuándo dormía. Sé que el sueño no fue inventivo. Continuó, insensiblemente, mis imaginaciones y reprodujo con fidelidad las escenas de la tarde.

Miré el reloj. Eran las cinco. Me levantaría temprano y, aun a riesgo de enojar a Paulina, iría a su casa. Esta resolución no mitigó mi angustia.

Me levanté a las siete y media, tomé un largo baño y me vestí despacio.

Ignoraba dónde vivía Paulina. El portero me prestó la guía de teléfonos y la Guía Verde. Ninguna registraba la dirección de Montero. Busqué el nombre de Paulina; tampoco figuraba. Comprobé, asimismo, que en la antigua casa de Montero vivía otra persona. Pensé preguntar la dirección a los padres de Paulina.

No los veía desde hacía mucho tiempo (cuando me enteré del amor de Paulina por Montero, interrumpí el trato con ellos). Ahora, para disculparme, tendría que historiar mis penas. Me faltó el ánimo.

Decidí hablar con Luis Alberto Morgan. Antes de las once no podía presentarme en su casa. Vagué por las calles, sin ver nada, o atendiendo con momentánea aplicación a la forma de una moldura en una pared o al sentido de una palabra oída al azar. Recuerdo que en la plaza Independencia una mujer, con los zapatos en una mano y un libro en la otra, se paseaba descalza por el pasto húmedo.

Morgan me recibió en la cama, abocado a un enorme tazón, que sostenía con ambas manos. Entreví un líquido blancuzco y, flotando, algún pedazo de pan.

-¿Dónde vive Montero? -le pregunté.

Ya había tomado toda la leche. Ahora sacaba del fondo de la taza los pedazos de pan.

-Montero está preso -contestó.

No pude ocultar mi asombro. Morgan continuó:

-¿Cómo? ¿Lo ignoras?

Imaginó, sin duda, que yo ignoraba solamente ese detalle, pero, por gusto de hablar, refirió todo lo ocurrido. Creí perder el conocimiento: caer en un repentino precipicio; ahí también llegaba la voz ceremoniosa, implacable y nítida, que relataba hechos incomprensibles con la monstruosa y persuasiva convicción de que eran familiares.

Morgan me comunicó lo siguiente: Sospechando que Paulina me visitaría, Montero se ocultó en el jardín de casa. La vio salir, la siguió; la interpeló en la calle. Cuando se juntaron curiosos, la subió a un automóvil de alquiler. Anduvieron toda la noche por la Costanera y por los lagos y, a la madrugada, en un hotel del Tigre, la mató de un balazo. Esto no había ocurrido la noche anterior a esa mañana; había ocurrido la noche anterior a mi viaje a Europa; había ocurrido hacía dos años.

En los momentos más terribles de la vida solemos caer en una suerte de irresponsabilidad protectora y en vez de pensar en lo que nos ocurre dirigimos la atención a trivialidades. En ese momento yo le pregunté a Morgan:

-¿Te acuerdas de la última reunión, en casa, antes de mi viaje?

Morgan se acordaba. Continué:

-Cuando notaste que yo estaba preocupado y fuiste a mi dormitorio a buscar a Paulina, ¿qué hacía Montero?

-Nada -contestó Morgan, con cierta vivacidad-. Nada. Sin embargo, ahora lo recuerdo: se miraba en el espejo.

Volvía a casa. Me crucé, en la entrada, con el portero. Afectando indiferencia, le pregunté:

-¿Sabe que murió la señorita Paulina?

-¿Cómo no voy a saberlo? -respondió-. Todos los diarios hablaron del asesinato y yo acabé declarando en la policía.

El hombre me miró inquisitivamente.

-¿Le ocurre algo? -dijo, acercándose mucho-. ¿Quiere que lo acompañe?

Le di las gracias y me escapé hacia arriba. Tengo un vago recuerdo de haber forcejeado con una llave; de haber recogido unas cartas, del otro lado de la puerta; de estar con los ojos cerrados, tendido boca abajo, en la cama.

Después me encontré frente al espejo, pensando: "Lo cierto es que Paulina me visitó anoche. Murió sabiendo que el matrimonio con Montero había sido un equivocación -una equivocación atroz- y que nosotros éramos la verdad. Volvió desde la muerte, para completar su destino, nuestro destino". Recordé una frase que Paulina escribió, hace años, en un libro: Nuestras almas ya se reunieron. Seguí pensando: "Anoche, por fin. En el momento en que la tomé de la mano". Luego me dije: "Soy indigno de ella: he dudado, he sentido celos. Para quererme vino desde la muerte".

Paulina me había perdonado. Nunca nos habíamos querido tanto. Nunca estuvimos tan cerca.

Yo me debatía en esta embriaguez de amor, victoriosa y triste, cuando me pregunté -mejor dicho, cuando mi cerebro, llevado por el simple hábito de proponer alternativas, se preguntó- si no habría otra explicación para la visita de anoche. Entonces, como una fulminación, me alcanzó la verdad.

Quisiera descubrir ahora que me equivoco de nuevo. Por desgracia, como siempre ocurre cuando surge la verdad, mi horrible explicación aclara los hechos que parecían misteriosos. Éstos, por su parte, la confirman.

Nuestro pobre amor no arrancó de la tumba a Paulina. No hubo fantasma de Paulina. Yo abracé un monstruoso fantasma de los celos de mi rival.

La clave de lo ocurrido está oculta en la visita que me hizo Paulina en la víspera de mi viaje. Montero la siguió y la esperó en el jardín. La riñó toda la noche y, porque no creyó en sus explicaciones -¿cómo ese hombre entendería la pureza de Paulina?- la mató a la madrugada.

Lo imaginé en su cárcel, cavilando sobre esa visita, representándosela con la cruel obstinación de los celos.

La imagen que entró en casa, lo que después ocurrió allí, fue una proyección de la horrenda fantasía de Montero. No lo descubrí entonces, porque estaba tan conmovido y tan feliz, que sólo tenía voluntad para obedecer a Paulina. Sin embargo, los indicios no faltaron. Por ejemplo, la lluvia. Durante la visita de la verdadera Paulina -en la víspera de mi viaje- no oí la lluvia. Montero, que estaba en el jardín, la sintió directamente sobre su cuerpo. Al imaginarnos, creyó que la habíamos oído. Por eso anoche oí llover. Después me encontré con que la calle estaba seca.

Otro indicio es la estatuita. Un solo día la tuve en casa: el día del recibo. Para Montero quedó como un símbolo del lugar. Por eso apareció anoche.

No me reconocí en el espejo, porque Montero no me imaginó claramente. Tampoco imaginó con precisión el dormitorio. Ni siquiera conoció a Paulina. La imagen proyectada por Montero se condujo de un modo que no es propio de Paulina. Además, hablaba como él.

Urdir esta fantasía es el tormento de Montero. El mío es más real. Es la convicción de que Paulina no volvió porque estuviera desengañada de su amor. Es la convicción de que nunca fui su amor. Es la convicción de que Montero no ignoraba aspectos de su vida que sólo he conocido indirectamente. Es la convicción de que al tomarla de la mano -en el supuesto momento de la reunión de nuestras almas- obedecí a un ruego de Paulina que ella nunca me dirigió y que mi rival oyó muchas veces.


En memoria de Paulina
Adolfo Bioy Casares
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27 ago. 2014

El mono que quiso ser escritor satírico
Augusto Monterroso



En la selva vivía una vez un Mono que quiso ser escritor satírico.

Estudió mucho, pero pronto se dio cuenta de que para ser escritor satírico le faltaba conocer a la gente y se aplicó a visitar a todos y a ir a los cocteles y a observarlos por el rabo del ojo mientras estaban distraídos con la copa en la mano.

Como era de veras gracioso y sus ágiles piruetas entretenían a los otros animales, en cualquier parte era bien recibido y él perfeccionó el arte de ser mejor recibido aún.

No había quien no se encantara con su conversación y cuando llegaba era agasajado con júbilo tanto por las Monas como por los esposos de las Monas y por los demás habitantes de la Selva, ante los cuales, por contrarios que fueran a él en política internacional, nacional o doméstica, se mostraba invariablemente comprensivo; siempre, claro, con el ánimo de investigar a fondo la naturaleza humana y poder retratarla en sus sátiras.

Así llegó el momento en que entre los animales era el más experto conocedor de la naturaleza humana, sin que se le escapara nada.

Entonces, un día dijo voy a escribir en contra de los ladrones, y se fijó en la Urraca, y principió a hacerlo con entusiasmo y gozaba y se reía y se encaramaba de placer a los árboles por las cosas que se le ocurrían acerca de la Urraca; pero de repente reflexionó que entre los animales de sociedad que lo agasajaban había muchas Urracas y especialmente una, y que se iban a ver retratadas en su sátira, por suave que la escribiera, y desistió de hacerlo.

Después quiso escribir sobre los oportunistas, y puso el ojo en la Serpiente, quien por diferentes medios -auxiliares en realidad de su arte adulatorio- lograba siempre conservar, o sustituir, mejorándolos, sus cargos; pero varias Serpientes amigas suyas, y especialmente una, se sentirían aludidas, y desistió de hacerlo.

Después deseó satirizar a los laboriosos compulsivos y se detuvo en la Abeja, que trabajaba estúpidamente sin saber para qué ni para quién; pero por miedo de que sus amigos de este género, y especialmente uno, se ofendieran, terminó comparándola favorablemente con la Cigarra, que egoísta no hacia más que cantar y cantar dándoselas de poeta, y desistió de hacerlo.

Después se le ocurrió escribir contra la promiscuidad sexual y enfiló su sátira contra las Gallinas adúlteras que andaban todo el día inquietas en busca de Gallitos; pero tantas de éstas lo habían recibido que temió lastimarlas, y desistió de hacerlo.

Finalmente elaboró una lista completa de las debilidades y los defectos humanos y no encontró contra quién dirigir sus baterías, pues todos estaban en los amigos que compartían su mesa y en él mismo.

En ese momento renunció a ser escritor satírico y le empezó a dar por la Mística y el Amor y esas cosas; pero a raíz de eso, ya se sabe cómo es la gente, todos dijeron que se había vuelto loco y ya no lo recibieron tan bien ni con tanto gusto.



La oveja negra y demás fábulas, 1969


El mono que quiso ser escritor satírico
Augusto Monterroso
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26 ago. 2014

Efemérides en el comité
James Joyce


El viejo Jack rastreó las brasas con un pedazo de cartón, las juntó y luego las esparció concienzudamente sobre el domo de carbones. Cuando el domo estuvo bien cubierto su cara quedó en la oscuridad, pero al ponerse a abanicar el fuego una vez más, su sombra ascendió por la pared opuesta y su cara volvió a salir lentamente a la luz. Era una cara vieja, huesuda y con pelos. Los azules ojos húmedos parpadearon ante el fuego y la boca babeada se abrió varias veces, mascullando mecánicamente al cerrarse. Cuando los carbones se volvieron ascuas recostó el cartón a la pared y, suspirando, dijo:

-Mucho mejor así, señor O'Connor.

El señor O'Connor, joven, de cabellos grises y de cara desfigurada por muchos barros y espinillas, acababa de liar un perfecto cilindro de tabaco, pero al hablarle deshizo su trabajo manual, meditabundo. Luego, volvió a liar su tabaco, meditativo, y después de una reflexión momentánea decidió pasarle la lengua al papel.

-¿Dejó dicho el señor Tierney cuándo regresaría? -preguntó en ronco falsete.

-No, no dijo.

El señor O'Connor se puso el cigarrillo en la boca y empezó a buscar en sus bolsillos. Sacó un mazo de tarjetas de cartulina.

-Le traigo un fósforo -dijo el viejo.

-Déjelo, está bien así -dijo el señor O'Connor. Escogió una de las tarjetas y la leyó:

ELECCIONES MUNICIPALES
Real Sala de Cambio
El señor Richad J. TIERNEY, P. L. G., solicita respetuosamente el favor de su voto y su influencia en las venideras elecciones en la Real Sala de Cambio

El señor O'Connor había sido contratado por un enviado de Tierney para hacer campaña en una zona del electorado, pero, como el clima era inclemente y sus botas se filtraban, se pasaba gran parte del tiempo sentado junto al fuego en el Comité de Barrio de la calle Wicklow, con Jack, el viejo ujier. Ahí estaban sentados desde que el corto día empezó a oscurecer. Era el 6 de octubre, triste y frío a la intemperie.

El señor O'Connor rasgó una tira de la tarjeta y, encendiéndola, prendió el cigarrillo. Al hacerlo, la llama alumbró una oscura y lustrosa hoja de hiedra que llevaba en la solapa. El viejo lo miró atentamente y luego, esgrimiendo de nuevo su cartón, comenzó a abanicar el fuego lentamente mientras su acompañante fumaba.

-Pues sí -continuó-, es difícil saber de qué manera criar a los hijos. ¡Quién iba a saber que me iba a salir así! Lo mandé a los Hermanos Cristianos, hice todo lo que pude por él y ahí lo tiene, hecho un borracho. Traté de hacerlo por lo menos gente.

Desganado, dejó el cartón donde estaba.

-Si yo no fuera ya un viejo lo haría cambiar de melodía. Cogía mi bastón y le aporreaba la espalda a todo lo que da... como hacía antes. Su madre, ya sabe, lo tapa por aquí y por allá...

-Es eso lo que echa a perder a los hijos.

-¡Claro que sí! -dijo el viejo-. Y que no dan ni las gracias, todo se vuelve insolencias. Me levanta la voz cada vez que me ve llevarme un trago a la boca. ¿A dónde vamos a parar cuando los hijos les hablan así a los padres?

-¿Cuántos años tiene él?

-Diecinueve -dijo el viejo.

-¿Por qué no le busca un puesto?

-Pero naturalmente. ¿Cree que he hecho otra cosa desde que este borracho dejó la escuela? No te voy a mantener, le digo. Búscate un trabajo. Pero es peor, claro, cuando tiene trabajo: entonces se bebe el sueldo.

El señor O'Connor movió la cabeza, comprensivo, y el viejo se quedó callado mirando a las llamas. Alguien abrió la puerta y llamó:

-¡Hola! ¿Es éste el mitin de los masones?

-¿Quién, quién es? -preguntó el viejo.

-¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? -preguntó una voz.

-¿Eres tú, Hynes? -preguntó el señor O'Connor.

-Sí. ¿Qué hacen ustedes en esa oscuridad? -dijo el señor Hynes y avanzó hacia la luz de la lumbre.

Era un joven alto, delgado y con un bigote castaño claro. Inminentes gotitas de lluvia le colgaban del ala del sombrero y llevaba el cuello de su abrigo vuelto hacia arriba.

-Bueno, Mat -le dijo al señor O'Connor-, ¿cómo van las cosas?

El señor O'Connor meneó la cabeza. El viejo dejó el hogar y dando tumbos por el cuarto regresó con dos velas que hundió una tras otra entre las llamas, y luego las llevó a la mesa. Una pieza vacía apareció a la vista y la lumbre perdió sus alegres colores. Las paredes estaban desnudas excepto por una copia de un discurso electoral. En medio del cuarto había una mesita cargada de papeles.

El señor Hynes se recostó de la repisa y preguntó:

-¿Ya pagó?

-No, todavía -dijo el señor O'Connor-. Quiera Dios que no nos deje enganchados esta noche.

El señor Hynes rió.

-¡Oh, él te va a pagar! No tengas temor -dijo.

-Espero que se apure, si es que habla en serio -dijo el señor O'Connor.

El viejo regresó a su asiento junto al fuego y dijo:

-No lo ha hecho todavía, pero al menos tiene con qué. No como el otro gitano.

-¿Qué otro gitano? -dijo el señor Hynes.

-Colgan -dijo el viejo con desprecio.

-¿Será porque Colgan es obrero que dices eso? ¿Qué diferencia hay entre un albañil honesto y un tabernero, eh? ¿No tiene el trabajador derecho de estar en la Corporación como todo el mundo...? Pues sí, ¿y más derecho todavía que esos que están siempre sombrero en mano ante cualquier tipo de esos con un ganchito en el nombre? ¿No es así, Mat? -dijo el señor Hynes dirigiéndose al señor O'Connor.

-Creo que tienes razón -dijo el señor O'Connor-. Uno es un hombre honesto sin nada de nalgas mojadas. Sube a representar a la clase obrera. Este tipo para quien trabajamos nada más que quiere coger este puesto o el otro.

-Por supuesto la clase obrera debe ser representada -dijo el viejo.

-El trabajador -dijo el señor Hynes- recibe las patadas, no las monedas. Pero es la clase obrera la que produce. El obrero no anda buscando sinecuras para sus hijos y sobrinos y primos. Los obreros nunca arrastrarían el honor de Dublín por el fango para complacer a un monarca alemán.

-¿Cómo dices? -dijo el viejo.

-Ah, ¿pero tú no sabes que quieren dar un discurso de bienvenida a Eduardo Rex cuando venga el año que viene? ¿Por qué le vamos a hacer genuflexiones a un rey extranjero, a ver?

-Nuestro candidato no votará por ese discurso -dijo el señor O'Connor-. Él va en la boleta nacionalista.

-¿Ah, no? -dijo el señor Hynes-. Espera y verás si lo hace o no lo hace. Lo conozco de lo más bien. Le dicen Dicky Trampas Tierney.

-¡Caramba, tal vez tengas tú razón, Joe! -dijo el señor O'Connor-. De todas maneras, me gustaría verlo entrar acompañado por la divina pastora.

Los tres hombres se quedaron callados. El viejo empezó a recoger más brasas. El señor Hynes se quitó el sombrero, lo sacudió y luego bajó el cuello al abrigo, mostrando al hacerlo una hoja de hiedra en su solapa.

-Si este hombre estuviera vivo -dijo, señalando a la hiedra-, no tendríamos que estar hablando de discursos de bienvenida.

-Eso es verdad -dijo el señor O'Connor.

-Concho, ¡qué tiempos aquellos, Dios mío! -dijo el viejo-. Se palpaba la vida entonces.

El cuarto quedó en silencio de nuevo. En ese momento un ágil hombrecito de nariz mocosa y orejas heladas empujó la puerta. Fue al fuego, rápido, frotándose las manos como si tratara de sacarles chispas.

-Nada de dinero, caballeros -dijo.

-Siéntese aquí, señor Henchy -dijo el viejo, ofreciéndole su silla.

-Oh, ni te muevas, Jack, ni te muevas -dijo el señor Henchy. Saludó, cortés, al señor Hynes y se sentó en la silla que dejó vacante el viejo.

-¿Te ocupaste de la calle Aungier? -preguntó al señor O'Connor.

-Sí -dijo O'Connor, comenzando a buscar la lista en sus bolsillos.

-¿Visitaste a Grimes?

-También.

-Y qué, ¿dónde se pone?

-No promete nada. Me dijo: No pienso decirle a nadie por quién voy a votar. Pero me parece que va a caer del lado de acá.

-¿Cómo así?

-Me preguntó que quiénes serían los candidatos; y yo le dije, le mencioné al padre Burke. Creo que va a dar resultado.

El señor Henchy comenzó a moquear y a frotarse las manos sobre el fuego a toda velocidad. Luego, dijo:

-Por el amor de Dios, Jack, tráenos un poco de carbón. Tiene que quedar un fondo.

El viejo salió del cuarto.

-No anda bien la cosa -dijo el señor Henchy, moviendo la cabeza-. Le pregunté a ese limpiabotas pero lo que dijo es: Oh, pero vamos, señor Henchy, cuando el carro eche a andar no los voy a olvidar, delo por seguro. ¡Mezquino gitano! ¿Cómo iba a ser de otro modo?

-¿Qué te dije, Mat? -dijo el señor Hynes-. Dicky Trampas Tierney.

-Oh, ése más tramposo que nadie -dijo el señor Henchy-. No tiene esos ojitos de maula por gusto. ¡Maldita sea su alma! ¿No le saldría mejor pagarnos que venir con su: Oh, pero vamos, señor Henchy, debo hablar con el señor Fanning... He gastado ya mucho dinero? ¡Limpiabotas estreñido! Supongo que ya se le olvidaron los tiempos en que su padre tenía su tienda de ropa usada en Mary's Lane.

-¿Es cierto eso? -preguntó el señor O'Connor.

-¡Que si es cierto! -dijo el señor Henchy-. ¿Nunca lo oyeron decir? Los parroquianos solían ir los domingos temprano, antes de que abrieran los pubs, a comprarse pantalones y chalecos... ¡moya! Pero el viejo de Dicky Trampas siempre tenía su botellita de trampa en un rincón. ¿Y ahora? Así fue. Ahí vio la luz por vez primera.

El viejo regresó con unos cuantos carbones que puso al fuego aquí y allá.

-Preciosa bienvenida -dijo el señor O'Connor-. ¿Cómo espera que trabajemos para él si no pone de su parte?

-No hay nada que hacer -dijo el señor Henchy-. Espero encontrarme las autoridades competentes con una orden de desahucio cuando vuelva a casa, apostadas a la entrada.

El señor Hynes se rió y, saliendo de entre las repisas de la chimenea con la ayuda de sus hombros, se dispuso a marcharse.

-Todo irá mejor cuando venga Eduardito el reyecito -dijo-. Bueno, caballeros, me marcho por ahora. Los veo luego. Adiosito.

Salió del cuarto lentamente. Ni el señor Henchy ni el viejo dijeron nada, pero, justo cuando se cerraba la puerta, el señor O'Connor, que se quedó mirando al fuego cabizbajo, gritó de pronto:

-¡Adiós, Joe!

El señor Henchy esperó unos minutos y luego movió la cabeza en dirección a la puerta.

-Díganme -dijo desde el otro lado del fuego-, ¿qué trajo al amigo acá? ¿Qué quiere ahora?

-¡Oncho el pobre Joe! -dijo O'Connor arrojando el cigarrillo al fuego-. Está tan necesitado como el resto de nosotros.

El señor Henchy inhaló con fuerza y escupió tan copiosamente que casi apagó el fuego.

Este, en respuesta, respondió silbando.

-Para darle, en toda confianza, mi opinión personal y franca -dijo-, creo que éste está con el otro bando. Para mí que es un espía de Colgan. ¿Por qué no te das una vuelta por allá y averiguas cómo andan? De ti no sospecharán. ¿De acuerdo?

-Nah, el pobre Joe es un tipo decente -dijo el señor O'Connor.

-Su padre era hombre decente y respetable -admitió el señor Henchy-. ¡El pobre Larry Hynes! Mucho bien que hizo en su día. Pero me temo muy mucho que nuestro amigo no es de ley. Comprendo que alguien ande corto, pero lo que no comprendo es un sablista profesional, ¡maldita sea! ¿Es que no queda ya una pizca de decencia en el mundo?

-Yo no le doy precisamente una bienvenida calurosa cuando viene -dijo el viejo-. ¡Que trabaje para la otra gente en vez de andar espiando por acá!

-Yo no sé -dijo el señor O'Connor, dubitativo, mientras sacaba tabaco y papel de liar-. Me parece que Joe Hynes es de ley. Es listo, también, con la pluma. ¿No recuerdan aquello que escribió...?

-Muchos de esos fenianos a mi parecer se pasan de listos -dijo el señor Henchy-. ¿Quiere conocer mi opinión personal y franca sobre muchos de estos payasos? Creo que la mitad de ellos están a sueldo de la Corona.

-¿Cómo saberlo? -dijo el viejo.

-Oh, pero yo lo sé de buena tinta -dijo el señor Henchy-. Son turiferarios de la Corona... No digo que Hynes... No, diantres, ése está unas pulgadas por encima de todo eso... Pero hay cierto noblecito bizco... ¿saben al patriota que me refiero?

El señor O'Connor asintió.

-Ahí tienen a un descendiente directo de Judas si quieren uno. ¡Qué vida la del patriota! Ahí tienen a un tipo capaz de vender su país por tres peniques, sí, señor, y capaz al mismo tiempo de hincarse de rodillas y dar gracias a Dios Todopoderoso por tener un país que vender.

Llamaron a la puerta.

-Entre -dijo el señor Henchy.

Un personaje que parecía un clérigo pobre -o un actor pobre- apareció en la puerta. Con sus ropas negras ceñidamente abotonadas al corto cuerpo era imposible decir si llevaba gollete o cuello laico, porque las solapas de su desaliñado saco -cuyos botones raídos reflejaban la luz de las velas- estaban vueltas alrededor del pescuezo. Llevaba un sombrero hongo de fieltro negro.

Su cara, brillosa por el agua, tenía la apariencia de un queso lechoso, salvo donde dos manchones rosados indicaban los pómulos. Abrió su enorme boca de pronto para expresar decepción y al mismo tiempo agrandó sus ojos azules para indicar placer por la sorpresa.

-¡Ah, padre Keon! -dijo el señor Henchy, dejando su silla de un salto-. ¿Es usted? ¡Pase, pase!

-¡Oh, no, no, no! -dijo el padre Keon rápido, frunciendo sus labios como si se dirigiera a un niño.

-¿No quiere pasar y sentarse?

-¡No, no, no! -dijo el padre Keon, a la vez indulgente y discreto, hablando con voz velada-. ¡No quiero molestar! Ando buscando al señor Fanning.

-Anda por el Águila Negra -dijo el señor Henchy-. Pero, ¿no quiere usted entrar y sentarse un minuto?

-No, no, gracias. Era por un asuntito de negocios -dijo el padre Keon-. Gracias, de veras...

Se retiró de la puerta y el señor Henchy, tomando una de las velas, fue hacia allá a alumbrarle las escaleras.

-¡Oh, no se moleste, se lo ruego!

-No, es que la escalera está tan oscura.

-No, no, si puedo ver... De veras, gracias.

-¿Está bien así?

-Está bien, sí... gracias... Gracias.

El señor Henchy regresó con la vela y la dejó en la mesa. De nuevo se sentó al fuego. Se hizo el silencio por unos minutos.

-Dime, John -dijo el señor O'Connor, encendiendo su cigarrillo con otra cartulina.

-¿Ajá?

-¿Qué es lo que es este tipo exactamente?

-Pregúntame una más fácil -dijo el señor Henchy.

-Él y Fanning parecen ser uña y carne. A menudo están juntos en Kavanagh. ¿Es cura o qué?

-Ajá... sí, creo... Me parece que es lo que se conoce como oveja negra. ¡Gracias a Dios que no tenemos muchas como esas! Aunque sí unas cuantas... Es una suerte de hombre sin suerte...

-¿Y cómo se las arregla? -preguntó el señor O'Connor.

-Ese es otro misterio.

-¿Pertenece a alguna capilla, iglesia o institución?

-No -dijo el señor Henchy-, creo que viaja por su cuenta... Que Dios me perdone -añadió-, pero creí que era nuestra docena de negras.

-¿Habrá por casualidad algo que tomar? -preguntó el señor O'Connor.

-Yo también me he quedado seco -dijo el viejo. -Tres veces le pedí a ese pichón de limpiabotas -dijo el señor Henchy-, si iba a mandarnos a subir una docena de negras aquí o no. Se lo iba a volver a pedir ahorita, pero estaba recostado al mostrador en mangas de camisa en sesuda reunión con el concejal Cowley.

-¿Y por qué no se lo recordaste? -dijo el señor O'Connor.

-Bueno, no iba yo a acercarme cuando hablaba al concejal Cowley. Esperé hasta que nos cruzamos las miradas y le dije: "Acerca de ese asuntito de que le hablé..." "Será resuelto", el señor H, me dijo. ¡Por Yerra, que ese mequetrefe se olvidó por completo!

-Ahí se estaba cocinando algo -dijo el señor O'Connor, meditativo-. Los vi a los tres ayer en la esquina de calle Suffolk.

-Me parece que sé lo que se traen -dijo el señor Henchy-. Hay que quedarle debiendo plata a los ediles si quieres llegar a Alcalde. Es así como te hacen Alcalde. ¡Dios! Estoy pensando en serio en hacerme prócer yo también. ¿Qué les parece? ¿Serviría yo para el cargo?

El señor O'Connor se río.

-Si se trata de deberle dinero a alguien...

-Salir en coche de Mansion House -dijo el señor Henchy-, empavesado, con Jack aquí de pie detrás de mí con su peluca empolvada, ¿eh?

-Nómbrame tu secretario particular, John.

-Sí, y nombraré al padre Keon mi capellán particular. Tendremos una fiestecita familiar.

-A fe mía, señor Henchy -dijo el viejo-, usted tendría más estilo que muchos de ellos. Hablaba yo con el viejo Keegan, el portero del ayuntamiento. "¿Y qué tal el nuevo jefe, Pat?", le dije. "¿No hay mucho movimiento ahora?", le dije. "¡Movimiento!", me dijo. "¡Ese es capaz de vivir del aire que da un abanico!" ¿Y saben lo que me dijo? Por lo más sagrado que me negué a creerlo.

-¿Qué? -dijeron los señores Henchy y O'Connor.

-Me dijo: "¿Qué pensarías tú de un Alcalde de Dublín que manda a buscar una libra de costillas para el almuerzo? La gran vida; ¿no?," me dijo. "¡Vaya, vaya!", le dije yo. "Una libra de costillas", me dijo él. "Hacer venir una libra de costillas a Mansion House. ¡Vaya!", le dije yo, "¿con qué clase de gentuza tendremos que convivir ahora?"

En ese punto llamaron a la puerta y un muchacho metió la cabeza.

-¿Qué? -dijo el viejo.

-Del Águila Negra -dijo el muchacho, entrando y dejando una cesta sobre el piso con un ruido de botellas.

El viejo ayudó al muchacho a trasladar las botellas de la cesta a la mesa y contó el botín. Cuando terminó, el muchacho se echó la cesta al brazo y preguntó:

-¿Y las botellas?

-¿Qué botellas? -dijo el viejo.

-¿Es que no van a dejarnos beberlas antes? -dijo el señor. Henchy.

-Me dijeron que reclamara las botellas.

-Vuelve mañana -dijo el viejo.

-¡Oye, chico! -dijo el señor Henchy-, ¿querrías ir corriendo a casa de O'Farrell a pedirle que nos preste un tirabuzón? Di que de parte del señor Henchy. Dile que se lo devolvemos al minuto. Deja aquí la cesta.

El muchacho salió y el señor Henchy comenzó a frotarse las manos alegremente, diciendo:

-¡Ah, bueno, no es tan malo el tipo después de todo! Por lo menos tiene palabra.

-No hay vasos -dijo el viejo.

-No te preocupes por eso, Jack -dijo el señor Henchy-, que mejores gentes que tú han bebido a pico antes.

-De todas formas, es mejor que nada -dijo el señor O'Connor.

-No es mala gente -dijo el señor Henchy-. Lo que ocurre es que Fanning lo tiene cogido. Para que vean, él tiene buenas intenciones a su manera.

El muchacho regresó con el sacacorchos. El viejo abrió tres botellas y le devolvía el sacacorchos cuando el señor Henchy le preguntó al muchacho:

-Chico, ¿quieres un trago?

-Si le parece bien, señor -dijo el muchacho.

El viejo abrió otra botella a regañadientes y se la dio al muchacho.

-¿Qué edad tienes? -le preguntó.

-Diecisiete -dijo el muchacho.

Como el viejo no dijo nada más, el muchacho cogió la botella y dijo: "Con mis mejores respetos, señor. A la salud del señor Henchy", bebió el contenido, puso la botella en la mesa y se secó la boca con la manga. Luego, recogió el sacacorchos y salió de lado, murmurando una especie de despedida.

-Así se empieza -dijo el viejo.

-No hay peor cuña -dijo el señor Henchy.

El viejo repartió las botellas que había abierto y los hombres bebieron de ellas, simultáneos. Después de beberlas, cada uno colocó su botella en la repisa al alcance de la mano y todos soltaron suspiros satisfechos.

-Bueno, tuve un buen día de trabajo hoy -dijo el señor Henchy, después de una pausa.

-¿Es cierto, John?

-Pues sí. Le conseguimos, Crofton y yo, uno o dos de seguros en la calle Dawson. Que quede entre nosotros, naturalmente, pero Crofton (un tipo decente, claro) no vale una moneda como sargento político. No sabe hablar a la gente. Se para y se pone a mirar mientras yo soy el que da la perorata.

Entraron dos personas. Una de ellas era un hombre muy gordo, cuyas ropas de sarga azul parecían correr peligro de caer de su encorvada figura. Tenía una cara grande, parecida a la jeta de un buey joven en su expresión, fijos ojos azules y un bigote canoso. El otro hombre era mucho más joven y más frágil, tenía una cara flaca, bien afeitada. Llevaba un doble cuello muy alto y un bombín de alas anchas.

-¡Hola, Crofton! -dijo el señor Henchy al gordo-. Hablando del rey de Roma...

-¿De dónde viene esa bebida? -preguntó el joven-. ¿Parió la vaca?

-¡Oh, sí, claro, Lyons ve primero el trago! -dijo el señor O'Connor, riendo.

-¿Así sargentean ustedes, gente? -dijo el señor Lyons-. Y Crofton y yo a la intemperie buscando votos...

-Maldita sea tu alma, hombre -dijo el señor Henchy-, ¡que yo consigo más votos en cinco minutos que ustedes dos en una semana!

-Abre dos botellas, Jack -dijo el señor O'Connor.

-¿Cómo? -dijo el viejo-. ¿Sin tirabuzón?

-Esperen, esperen -dijo el señor Henchy levantándose rápidamente-. ¿Han visto ustedes este truco antes?

Tomó dos botellas de la mesa y, llevándolas al fuego, las puso en el antehogar. Luego se sentó de nuevo al fuego y bebió otro trago de su botella. El señor Lyons se sentó al borde de la mesa, empujó su sombrero hacia atrás y comenzó a mover las piernas.

-¿Cuál es mi botella? -preguntó.

-Esta, joven -dijo el señor Henchy.

El señor Crofton se sentó sobre una caja a mirar fijamente la otra botella en el repecho. Se mantenía callado por dos razones. La primera era que no tenía nada que decir; la segunda que consideraba a su compañía inferior. Había sido sargento político de Wilkins, el conservador, pero cuando los conservadores retiraron su candidato, y, escogiendo el mal menor, dieron su apoyo al candidato nacionalista, lo contrataron para trabajar por Tierney.

En unos minutos se oyó un apologético ¡pok! del corcho que salía disparado de la botella de el señor Lyons, quien saltó de la mesa, fue hasta el fuego, cogió su botella y volvió de nuevo a la mesa.

-Les estaba contando, Crofton -dijo el señor Henchy-, que conseguimos unos cuantos buenos votos hoy.

-¿A quiénes consiguieron? -preguntó el señor Lyons.

-Bueno, en primer lugar a Parkes y a Atkinson en segundo lugar, y conseguí a Ward, el de la calle Dawson. Buena gente: ¡viejo votante conservador, viejo afiliado! "¿Pero, no es el candidato de ustedes un nacionalista?", me dijo. "Es un hombre respetable", le dije. "Un hombre", le dije yo, "que está en favor de todo lo que beneficie al país. Es un gran contribuyente", le dije yo. "Posee extensas propiedades en la ciudad y tres negocios, ¿no cree usted que le conviene mantener bajos los impuestos municipales? Es un ciudadano prominente, respetado", le dije yo, "de los Guardianes de las Leyes del Pobre y no pertenece a ningún partido, bueno, malo o regular". Así es como hay que hablarle a esta gente.

-¿Y qué hubo del discurso de bienvenida al Rey? -dijo el señor Lyons, después de beber y chasquear los labios.

-Oye lo que te voy a decir -dijo el señor Henchy-. Lo que queremos nosotros en este país, como le dije al viejo Ward, es capitales. La visita del Rey aquí significaría una tremenda infusión de dinero para el país. Los ciudadanos de Dublín saldrán beneficiados. Mira a todas esas fábricas de los muelles cómo están, paradas. Piensen en todo el dinero que habría en este país si pusiéramos a funcionar las viejas industrias, los telares, los astilleros y las fábricas. Son inversiones lo que necesitamos.

-Pero mira, John -dijo el señor O'Connor-. ¿Por qué vamos a tener que darle la bienvenida al Rey de Inglaterra? ¿No fue el mismo Parnell quien...?

-Parnell -dijo el señor Henchy- está muerto. Ahora bien, yo lo veo así. Aquí tienen ustedes a este muchacho que llega al trono después que su madre lo dejó esperando hasta que le salieron canas. Es un hombre de mundo y quiere hacerlo bien, en favor nuestro. Es un tipo que está muy bien, que es decente, si alguien me pregunta, y que va directo al grano. Se dijo a sí mismo: La vieja nunca fue a ver a estos locos irlandeses. Y por Cristo, que iré yo mismo a ver cómo son. ¿Y vamos nosotros a insultar a este hombre cuando viene aquí en visita amistosa? ¿Eh? ¿No es así, Crofton?

El señor Crofton asintió.

-Pero después de todo -dijo el señor Lyons, argumentativo-, la vida del rey Eduardo, como saben, no es precisamente...

-Lo pasado al pasado -dijo el señor Henchy-. Yo personalmente admiro a este hombre. Es una persona corriente como tú y como yo. Le gusta su vaso de grog y es un poco libertino y un buen deportista. ¡Diantres! ¿Es que los irlandeses no sabemos ser justos?

-Todo eso está muy bien -dijo el señor Lyons-. Pero mira el caso de Parnell.

-Por el amor de Dios -dijo el señor Henchy-, ¿dónde está la analogía entre ambos casos?

-Lo que yo quiero decir -dijo el señor Lyons- es que nosotros tenemos ideales. ¿Por qué tenemos que darle la bienvenida a un hombre así? ¿Puedes creer ahora que después que Parnell hizo lo que hizo estaba capacitado para dirigimos? Entonces, ¿por qué tenemos que celebrar a Eduardo Séptimo?

-Es el aniversario de Parnell -dijo el señor O'Connor-, y no nos pongamos a hacernos mala sangre. Todos lo respetamos ahora que está muerto y enterrado, hasta los conservadores -añadió, volviéndose a el señor Crofton.

¡Pok! El demorado corcho saltó fuera de la botella del señor Crofton. El señor Crofton se levantó de su caja y fue hasta el fuego. Cuando regresó con su presa dijo con voz de bajo:

-Nuestra ala del cabildo lo respeta porque fue un caballero.

-¡Tienes toda la razón, Crofton! -dijo el señor Henchy con fiereza-. Era el único que podía poner orden en esta olla de grillos. ¡Abajo, perros! ¡Tranquilos ustedes, satos! Así es como los trataba. ¡Entra, Joe! ¡Entra! -llamó al atisbar a el señor Hynes en la puerta.

El señor Hynes entró despacio.

-Abre otra botella, Jack -dijo el señor Henchy-. ¡Oh, me olvidé de que no hay sacacorchos! ¡Mira, dame acá una que te la pongo a la candela!

El viejo le alargó otra botella y él la colocó sobre el antehogar.

-Siéntate, Joe -dijo el señor O'Connor-, que estamos hablando del Jefe.

-¡Sí, sí! -dijo el señor Henchy.

Eel señor Hynes se sentó en el borde de la mesa cerca del señor Lyons, pero no dijo una palabra.

-Aquí tienen a uno que, por lo menos -dijo el señor Henchy- no renegó de él. ¡Por Dios que sí, Joe, que eso sí se puede decir de ti! ¡Por el cielo que le fuiste fiel como un solo hombre!

-¡Ah, Joe! -dijo el señor O'Connor de repente-. Dinos esa cosa que escribiste, ¿te acuerdas? ¿La traes arriba?

-¡Oh, sí, sí! -dijo el señor Henchy-. Recítalo. ¿Has oído esto alguna vez, Crofton? Óyelo ahora, que es estupendo.

-¡Vamos! -dijo el señor O'Connor-. ¡Lárgalo, Joe!

De momento, el señor Hynes no pareció recordar la pieza a que se referían, pero después de una breve reflexión, dijo:

-Oh, eso es cosa... ¡Por supuesto, eso es ropa vieja para este tiempo!

-¡Sácala para afuera, hombre! -dijo el señor O'Connor.

- Ch, ch –dijo el señor Henchy-. ¡Arriba Joe!

El señor Hynes dudó un tanto más. Luego, en medio del silencio, se quitó el sombrero, lo dejó en la mesa y se puso de pie. Parecía estar ensayando la pieza en la mente. Después de una pausa larga anunció:

LA MUERTE DE PARNELL

6 de Octubre de 1891

Se aclaró la voz una o dos veces y luego comenzó a recitar:



Ha muerto. Nuestro rey sin corona
Ha muerto. ¡Oh, Erín, sufre y llora!
Padece porque aquí yace difunto
Al que difamó este hipócrita mundo.
Yace muerto por los cobardes perros
Que a la gloria elevara del cieno,
Y las ansias de Erín y sus anhelos
Perecieron con él bajo su cielo.
En los palacios, casas o cabañas:
Doquiera está, el corazón de Irlanda
Aparece sumido en duelo.
Se ha ido Aquel que forjaría nuestro destino.
Habría dado a ésta su Erín la fama,
Su bandera verde al viento soberana,
Y a sus bardos, guerreros y estadistas,
Del mundo todo cantarían los artistas.
Soñó (¡ay, sí: fue todo sólo sueño!)
Con la libertad, pero mientras luchaba
Por coger ese ídolo con sus dedos,
La traición de un solo golpe lo acababa.
Desprecia a las cobardes, viles manos
Que ahogaron al Señor o con un beso
Lo entregaron a una turba de malos
Sacerdotes: no eran sus amigos, esos.
¡Que la vergüenza eterna depararan
Los cielos a aquellos que trataran
De envilecer y manchar el nombre
del que fue entre los hombres, hombre!
Cayó como caen los todopoderosos:
Noblemente inmaculado hasta el fin.
Ahora la muerte lo reúne gozoso
Con los héroes del pasado de Erín.
¡Ni un ruido de lucha turbe ahora su sueño!
Descansa en paz: ningún humano empeño
O alta ambición que espolee su memoria
Para alcanzar las cumbres de la gloria.
Lo rebajaron: se salieron con la suya
Pero, oye, Erín -o mejor, sí: escucha:-
Su espíritu se alzará de entre las llamas
Como el Fénix, como esa aurora soberana
Que alumbrará el día que nos devuelva
El imperio de la libertad. Que vuelva
Ese día y Erín elevará su copa por aquel
Que es de nos dolor y alegría: ¡Parnell!

El señor Hynes se sentó de nuevo sobre la mesa. Cuando terminó de recitar hubo un silencio y luego un estallido de aplausos: hasta el señor Lyons aplaudió. Los aplausos continuaron por corto tiempo. Cuando terminaron, los espectadores bebieron todos de sus botellas en silencio.

¡Pok! El corcho salió volando de la botella del señor Hynes, pero el señor Hynes permaneció en la mesa, la cara enrojecida y la cabeza desnuda. No parecía que hubiera oído aquella invitación.

-¡Bravo, Joe, hombre! -dijo el señor O'Connor, sacando papel de liar y su tabaco para ocultar mejor su emoción.

-¿Qué te ha parecido eso, Crofton? -gritó el señor Henchy-. ¿Es bueno o no es bueno?

El señor Crofton dijo que era una fina pieza literaria.



Efemérides en el comité
James Joyce
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